La cultura del descarte, propia del ambiente tecnológico de los siglos XX y XXI, ha contribuido a instaurar el olvido y la ligereza en la vida cotidiana de los seres humanos. De ahí que se hace indispensable revisar su significado y sopesar cómo afecta a nuestra vida. Semejante tarea es a lo que nos invita esta muestra-instalación del artista José Cosme en el museo La Neomudéjar.
Descartar significa, por un lado, suprimir lo escrito, desechar aquello que ha sido anotado en algún momento. Por otro, tiene relación con el juego y los jugadores de carta. Su etimología está dada por el prefijo des, que significa acción inversa, y por carta, que es tanto lámina de escribir como cartulina rectangular utilizada en juegos de mesa y azar. En estos juegos los naipes propician vínculos y suscitan experiencias de todo tipo. Deben circular entre los participantes y provocarlos. Al momento del descarte van quedando a un lado, son suprimidos de la acción y olvidados. La conexión termina y las experiencias del juego quedan en el olvido. De igual forma, lo escrito, al ser borrado o desechado, se convierte en un fantasma, en un sedimento en el alma de quienes intercambiaron cartas. Al romperse el vínculo las palabras devienen en peso muerto, memoria sin salida, estancada.
En los juegos el descarte es parte de la astucia que conduce a la victoria, por lo tanto, la ligereza sería una ganancia. Pero, también es el fin del vínculo y la derrota para quien no pudo lograrlo. Además, propicia el crecimiento del mazo sobrante. Descartar supone olvidar lo que fue tejido en el tiempo y el espacio: lo que propiciaba intercambios, deseos y momentos. También, constituye la engañosa ligereza de una victoria que esconde el peso de lo desechado y la derrota de los otros.
Nuestra civilización —mundial, global— está signada por los desechos tecnológicos de la cultura del descarte. Ello resulta de haber olvidado aquello que la tecnología, con sus aportes y usos, nos ha ofrecido a través del tiempo. Importa el cambio y no la memoria. También, es la consecuencia del triunfo de la ligereza digital. Esa que por un lado le resta peso a los dispositivos e interfaces, y por otro acumula toneladas de objetos y datos en el olvido.
Cosme, en FOREVER. Metarrealidad de las cosas efímeras, se ha dado a la tarea de revisar y confrontarnos con esa condición del presente. Lo ha hecho como un explorador del devenir, centrado en los paisajes de lo postdigital. Ubicado en los conflictos de hoy sin acudir con nostalgia a mundos ya extintos. Su sagaz curiosidad de artista le ha llevado a indagar en aquello que usualmente no podemos observar pues ha sido relegado: los vínculos ya rotos entre los objetos industriales del siglo pasado, las tecnologías electrónicas de este siglo, los ciudadanos digitalizados y las memorias actualizadas segundo a segundo.
Que todo esto ocurra en el contexto de una instalación debemos apreciarlo como un acierto. La apuesta del artista no ha sido por la contemplación sino por la experiencia. El asunto de la muestra es el cuerpo activo —de la persona, del mundo, de la técnica— y no la mirada absorta sobre los objetos. De ahí que los espejos sean tan importantes, pues, lejos de afirmar lo evidente, desvían aquello que reflejan hacia situaciones inesperadas. Exponen el cuerpo y el alma de los visitantes a infinidad de sospechas, no provocan la afirmación sino la duda.
En diálogo con los vídeos, las fotografías, los lienzos y los aparatos en desuso, tejen una red de cuestionamientos a lo que damos por obvio en el presente. En ese ambiente de múltiples lenguajes y dispositivos el arte pide cuestionarse si “uso” y “desuso” son hábitos culturales o si, contrapuestos uno al otro, son falsos dilemas que diseñan los límites del tiempo y el espacio contemporáneo.
La hiperproducción y el consumo desmedido, de la cultura del descarte, no solo han generado desperdicios de objetos y memorias. También, han hecho mella en ciertos sentimientos y valores universales. Algo que no se le escapa a este artista multidisciplinario. Él nos señala, más allá del evidente problema ecológico y técnico, la falta de compasión que acompaña al descarte.
A través de su trabajo nos advierte que al devorar “pantagruélicamente” los objetos de nuestra vida cotidiana, debido a la insaciable sed por la novedad, estamos a su vez devorando la memoria de nuestros afectos, los placeres sosegados, la zozobra ante el misterio y muchos otros gozos que piden contención y no apetencia. Lo hacemos sin tener la posibilidad de permitirnos sufrir la ausencia de lo descartado. De extrañar los objetos que también hemos sido, las palabras que tecleamos, la energía que intercambiamos a través de los cables, las imágenes impresas en papel o la compañía de ciertas presencias audiovisuales.
Las tres palabras impresas en metacrilato espejo FOREVER - NEW - ETERNITY son unos hipervínculos o unas cuerdas vibratorias. Ellas permiten, desde la compasión, integrar bellamente una vez más a nuestra vida lo desecho por el “descarte”. El reflejo gráfico que proyectan, astucia tipográfica de una imagen que regresa doblemente invertida, vincula los cuerpos de las personas a las tecnologías en desuso, los dispositivos digitales a las máquinas mecánicas, el abandono a la presencia, lo lleno a lo vacío y la memoria a la expectativa. De esta forma, recuperan el sentido más profundo de la belleza: “todo es uno”.
Lo expuesto en esta instalación es un llamado a reconocer una vez más que los objetos técnicos descartados fueron átomos que vibraron con nuestros átomos. Que no son diferentes a los del presente y tampoco a nosotros mismos, pues nuestra vida es efímera. De ahí la sympátheia con la cual el artista vincula todo el universo de tecnologías, nuevas y viejas, al Generador Atlas Diesel.
De esta forma, logra sintonizar el abandono de semejante gigante sueco con la necesidad de reflexionar sobre el riesgo de ser abandonados nosotros también. Y con la posibilidad de integrar las energías pasadas y presentes en una misma idea de vida. Donde el ánimo compasivo hacia los objetos y tecnologías, con los cuales llegamos a ser uno, nos conduzca a considerar una mejor convivencia con las demás especies y con los objetos: softwares, piedras, ríos, mares, insectos, robots, cables y galaxias a nuestro alrededor.